Estamos viviendo tiempos convulsos, complejos y desesperanzadores a ratos. Transitamos, nos guste o no, un evidente proceso de radicalización de las derechas en el mundo, que se empina como una opción tangible y real cuyo desenlace aún no tenemos del todo claro y que no tiene parangón en la historia reciente. Algunos sostienen que el siglo que vivimos se parece demasiado a los locos años veinte, con el ascenso de Hitler y Mussolini y de los totalitarismos en Europa. Es una analogía que conviene usar con cautela (las condiciones históricas son distintas), pero en lo que sí se parecen aquellos liderazgos con los actuales es en que ambos se fraguaron bajo un profundo descontento popular con las promesas incumplidas de la democracia liberal, y en una reacción contra los valores de la modernidad política y su orden internacional. ¿Es, entonces, una reacción antimoderna? La pregunta, por cierto, merece matices, y a ella volveremos al cierre de esta columna.
Nuestra época, si algo tiene en común con aquella, es que está embarcada en una profunda crisis. Eso que el viejo Gramsci apodó como “interregno”, esa coyuntura particular en que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. En ese claroscuro, decía Gramsci, nacen los monstruos. Esos monstruos fueron, en su momento, el fascismo mussoliniano; hoy encuentran una de sus expresiones en Trump[1] y en el movimiento neorreaccionario conocido como NRx, que propugna explícitamente una “ilustración oscura” y que ya no se limita a la política doméstica, sino que aspira a rediseñar el orden multilateral mismo.
El multilateralismo, el fomento de la diplomacia y el arreglo pacífico de controversias se fundaron a partir de un idealismo que creía, quizás de manera algo ingenua, que la humanidad había superado definitivamente los horrores de las guerras mundiales para dar paso a un mundo menos conflictivo. Ese andamiaje institucional -Naciones Unidas, los organismos multilaterales, la diplomacia profesional de carrera- exige hoy reflexión, pero también prudencia política, porque el paso de lo que tradicionalmente se llamó sociedad industrial a la sociedad de la comunicación (post-industrial globalizada, sociedad en red, líquida, como quiera llamarse) no es fácil, ni estático, mucho menos unitario. Requiere, sin duda, un esfuerzo intelectual mayor si se quiere sostener la idea de que la política fundada en el diálogo, el respeto mutuo y la búsqueda de acuerdos tiene aún sentido en las relaciones entre Estados.
Conviene partir del diagnóstico de que buena parte de la ciudadanía está descontenta con el desempeño de nuestras élites. Quienes defendemos dicha forma de hacer política somos, por tanto, tan responsables de los aciertos como de sus limitaciones, aunque estos últimos cueste más asumirlos. Frente a ese cuestionamiento han emergido liderazgos que han construido una práctica política internacional basada en cuestionar el orden multilateral vigente. Ese relato se ha traducido en el retiro de organismos internacionales, la revisión de acuerdos climáticos y comerciales, la preferencia por la imposición unilateral por sobre los foros multilaterales. Todos avances que consideramos civilizatorios. Con todo, no conviene descartar esa crítica sin más -tiene, en parte, asidero en el desconocimiento de las mayorías sociales en la práctica de la política internacional-, aunque sí cabe discutir si la alternativa que propone resuelve el problema o simplemente lo desplaza. Como bien advirtiera Vilfredo Pareto, «la historia es un cementerio de aristocracias». En efecto, estos movimientos han logrado instalar la idea de que el liberalismo internacional es una arquitectura elegante pero distante del devenir material concreto de las mayorías, con independencia de cuánto de cierto haya en ese diagnóstico. En algún sentido, han extrapolado la crítica a la política nacional al plano global: como un espacio reservado a personas elegantes, que se juntan a dialogar sin conseguir nada concreto.
Esa misma crisis de legitimidad de las élites es, en buena medida, la que erosiona a escala internacional la confianza en el multilateralismo y en la diplomacia como espacios de resolución pacífica de conflictos. La arquitectura es simple: si no se confía en quienes representan, difícilmente se confiará en las instituciones que ellas sostienen.
¿De dónde viene esta crítica a las élites?
Conviene un breve recorrido histórico-intelectual, porque el concepto de élite ha sido en parte desfigurado del sentido original que alguna vez le dieron la ciencia política y la sociología. Medios de comunicación, políticos e intelectuales suelen usarlo con bastante laxitud y más bien con poco rigor intelectual: pareciera hoy que cualquier sujeto con algún grado de poder puede ser catalogado como tal. La teoría de las élites nace, en realidad, como una crítica a las grandes utopías modernas -la sociedad sin clases marxista, la soberanía democrática rousseauniana-, de la mano de los italianos Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto y Roberto Michels (alemán de nacimiento, aunque de tradición italiana). Para estos autores existía una regularidad que atravesaba toda la historia: la existencia de una minoría que gobierna a una masa desorganizada, sin importar si esa minoría es socialista, burguesa o feudal. Esa minoría legitima su posición mediante lo que Mosca llamó «fórmula política», y que después Gramsci reformuló como «hegemonía», esto es, el poder de hacer que un orden -también el orden internacional- devenga en sentido común, sin coacción ni armas, sino a través de aparatos que producen consenso entre gobernantes y gobernados. Es el esfuerzo de dotar un espacio social que sea aceptado como legítimo.
A diferencia del marxismo, donde las clases responden a la estructura, las élites tienen para esta teoría cierta capacidad de agencia: pasan por procesos de apertura y de cierre, no son monolíticas, mucho menos eternas. En esta tradición, ninguna élite gobierna para siempre, decía Pareto -ni siquiera cuando se presenta a sí misma como la garante última de la modernidad. Por eso se puede ser rico y no ser parte de la élite[2]: hace falta aportar otro tipo de cualidades, lo que el sociólogo francés, Pierre Bourdieu llamaría capital cultural, social y político. Conviene notar que estas mismas teorías también sirvieron de sustento a la crítica fascista de la democracia liberal.
¿En qué se parecen las viejas teorías elitistas a las actuales?
Hoy pensábamos que esos horrores habían quedado atrás, pero vuelven a surgir posiciones que miran con sospecha a la democracia liberal y al orden internacional que de ella se desprende. Creímos, por un momento, que la historia había terminado. Otra vez nos recuerda que nada está dado. Figuras como Kaiser, Buchanan, Milei o Laje, por nombrar algunos, insisten en críticas hacia lo que llaman «élites globalistas», asociadas a la izquierda y a los organismos multilaterales; un discurso que, con menor densidad argumentativa que sus antecesores de comienzos del siglo XX, logra sin embargo permear cada vez más a los sectores más populares. Estudios recientes muestran que son, justamente, las clases más desfavorecidas quienes cada vez más votan por liderazgos de ultraderecha, también en temas de política exterior: por el repliegue, el proteccionismo y la desconfianza hacia instituciones percibidas como lejanas y a ratos contrarias a sus intereses. Da igual la consigna: Derechos Humanos, Ecología, Diplomacia, entre otras. Todas construcciones intelectuales -piensan ellos- de una élite política.
En lo que sí se parecen ambas posturas, la clásica y la actual, es en que ambas detectan una inconsistencia entre el relato progresista y la práctica de sus élites diplomáticas y multilaterales. Mientras se habla de subalternidad y de gobernanza global, se gasta tiempo en foros y declaraciones que poco le importan al ciudadano de a pie, que vive el día a día y experimenta, de manera real, la precarización, la inestabilidad o la delincuencia. Esa crítica, aunque venga empaquetada en un discurso que a menudo simplifica en exceso, apunta a algo que sí hace sentido: que la política, internacional y nacional, es una práctica reservada solo a lo protocolar. De ahí que figuras disruptivas, como Milei o Trump sean tan exitosas: vienen a erosionar esa “formula política”, a saber, aquella arquitectura protocolar que había dado una estabilidad mundial, aunque sin morigerar del todo los anhelos sociales.
Volvamos, entonces, a la pregunta inicial. Más que una reacción antimoderna, considero lo que observamos es una disputa por definir qué modernidad y de quién: quién tiene derecho a fijar sus reglas y a beneficiarse de ellas. Las élites que hoy cuestionan el multilateralismo no rechazan enteramente la modernidad -de hecho, a ratos usan sus mismas herramientas, sus mismos medios, su misma retórica de eficiencia-; disputan, más bien, quién debe encarnarla. Reconocerlo así, y no como un simple retroceso irracional, es el primer paso para responderles con algo más sólido que la nostalgia por el orden liberal de posguerra.
Necesitamos, por lo mismo, una élite diplomática moderna y democrática, capaz de representar los anhelos populares también en la arena internacional. Eso supone entender que los tiempos actuales no se resolverán con viejas consignas ni con soluciones que hicieron sentido durante el siglo XX. Una élite prudente y responsable debiera comprender que recuperar el sentido de la diplomacia y del multilateralismo pasa por modernizar su trabajo y por abrirlos a un diálogo más concreto con la sociedad, de modo que esta perciba que sus intereses están siendo resguardados en cada mesa de negociación. El esfuerzo debe ir en la dirección de fortalecer la idea de que una paz fundada en la cooperación y el entendimiento es más beneficiosa que un orden basado en el odio y la guerra. Si no se hace aquello, seguiremos dando vueltas en un laberinto al que no le vemos salida. Sabemos, eso sí, que la política internacional es bastante más compleja que eso.
[1] Sería irresponsable catalogar a Trump como una expresión directa del fascismo italiano. No es mi intención hacerlo acá, sino simplemente ilustrarlos como amenazas al orden liberal.
[2] De ahí que un empresario como Trump o Musk no se asuman como parte de una élite. Para ellos, la élite es fundamentalmente cultural y política, aquella responsable de construir un orden internacional y nacional que desprecia al mundo común.
