La Universidad como consciencia reflexiva de la sociedad

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Escrito por Eduardo Araya Lëupin

Publicado en 4 noviembre, 2022

La Universidad es parte de la sociedad y sus tendencias no les puede resultar ajenas, pensar sobre la sociedad, es parte de su misión. ¿Cuáles son los escenarios en que nuestra Universidad se aproxima al celebrar su primer centenario? ¿Cuáles los desafíos que ella deberá enfrentar? Permítanme intentar aportar a este debate desde aquello que es nuestro propio quehacer: pensar desde la historia. La historia no es simplemente hurgar en el pasado, es pensar sobre las relaciones entre pasado y presente.

Entre los inicios de la Pandemia a comienzos del 2019 y hasta lo que va del 2022. El mundo ha vivido transformaciones sustantivas. La Pandemia generó dos tipos de efectos diversos. Nos hizo más conscientes acerca de los límites de nuestra civilización tecnológica y nos devolvió la conciencia de la fragilidad de nuestra existencia . También nos mostró que la globalización puede contraerse de muchas maneras, que las cadenas de valor de la economía global se pueden acortar, que el mundo puede volver a ser un archipiélago de espacios cerrados sobre si mismos y en donde muchas personas pueden quedar a la deriva, librados a su suerte como inmigrantes dentro de su propia sociedad. Que el sueño de una sociedad cosmopolita, abierta y democrática puede volver a ser solo eso, un sueño que comparte espacio con múltiples atavismos nacionalistas. La Guerra de Ucrania, cuyo inicio se puede fechar en el 2014 o en Febrero del 22, es otro signo de los tiempos. Si descontamos los conflictos que acompañaron a la disolución de la Ex Yugoslavia, es el primer conflicto internacional abierto en la periferia de Europa, es decir en los límites del mundo desarrollado y también aquí podemos considerar distintos tipos de efectos globales. Uno es la profundización de la crisis económica global que en sus inicios fue consecuencia de medidas económicas que los países adoptaron para reducir los efectos sociales de la Pandemia, pero que la guerra ha profundizado. El otro, por primera vez desde la crisis de Cuba de 1962, de la cual paradojalmente conmemoramos 60 años, es la posibilidad del escalamiento de la guerra hacia un conflicto que involucre el uso de armas nucleares. Tanto más, cuanto Putin y Rusia vean frustradas sus expectativas de ganar un conflicto que entienden no solo como una guerra contra Ucrania (un país al que le niega su existencia histórica, sino también contra la OTAN. Un tercer efecto es que escenarios de conflicto que hasta ahora funcionan de manera autónoma y limitada en otras regiones (Irán, China) terminen fusionándose y escalando. Nadie lo desea, pero hay precedentes. La primera Guerra Mundial se inició en un lugar remoto de los Balcanes y sabemos que consecuencias tuvo. Nadie quería esa guerra, pero todos se preparaban para ella. Como en el título del libro del historiador Christopher Clark: «Los europeos marcharon hacia la guerra como sonámbulos».

Independiente de ese oscuro escenario posible, podemos constatar otro tipo de problemas. En muchos lugares del mundo la democracia está en crisis. La democracia por su propia naturaleza es precaria, se funda en valores, no en la fuerza. En el período de entreguerras las democracias también vivieron una época de crisis asediadas tanto desde las izquierdas revolucionarias como desde derechas de rasgos fascistoides, luego vino otra guerra (la II Guerra Mundial) y otra más (la Guerra Fría). Tras su fin en 1991, la democracia pareció consolidarse de manera definitiva. Francis Fukuyama sintetizó ese espejismo cuando nos habló del Fin de la Historia, pero como todo espejismo, esa imagen se desvaneció en el aire. Las Guerras de la Ex Yugoslavia demostraron que no existía tal cosa como un consenso liberal y que el nacionalismo no solo estaba vivo sino que podía seguir siendo fuente de una violencia inusitadamente destructiva. La crisis financiera del 2008 y la crisis migratoria del 2015 en Europa entre otros factores (las crisis siempre tienen explicaciones multicausales), terminaron por trizar aquello que posiblemente era nuestra última utopía, el proyecto histórico de la UE. algo que durante algún tiempo pareció ser la concreción de los versos de Schiller en la Oda a la Alegría. En algunas fronteras se levantaron nuevamente las alambradas que había caído cuando cayeron los muros y por todas partes reaparecieron los sombras del nacionalismo. Pero no solo el nacionalismo como idea. También en la creciente influencia política de grupos críticos a la democracia en Europa (y no solo al proceso de integración), que suelen ser descritos como populistas de derecha, subyace la capacidad de interpretar los temores de muchos que se transformaron en los perdedores de la globalización , aquellos que no se pudieron subir a ese carro y que además experimentaron la contracción de los Estados de Bienestar. Es decir de muchos que ven con angustia el futuro, que no encuentran respuestas adecuadas en los partidos políticos tradicionales, que han perdido las formas tradicionales de autoridad y en donde los partidos de izquierda (tradicionales o nuevos ) se han transformado en simples articuladores de intereses de minorías . Como contraste, quienes parecen avanzar con pasos sólidos en este incierto escenario global son aquellos que han apostado por modelos de desarrollo que generan altos niveles de crecimiento económico y que por tanto pueden extender la capacidad de responder a demandas sociales , pero que paralelamente cercenan libertades individuales.

Nuestra región no está al margen de esas tendencias. La democracia se ha precarizado y en los resultados de mediciones estadísticas sobre confianza en la democracia y en las instituciones democráticas la tendencia es evidente: Cada vez son menos las personas que están satisfechas con las democracias que tienen y cada vez más los que están disponibles para considerar alternativas autoritarias. Hay países en donde los sistemas de partidos mantienen cierta solidez pero hay otros en nuestro vecindario inmediato en donde los partidos políticos desde ya mucho tiempo han sido reemplazados por máquinas electorales que aparecen y desaparecen en cada elección y outsiders que ganan elecciones con discursos anti partidos y anti política. Cuando los partidos y los sistemas de partidos entran en decadencia y se desintegran, es por su propia ineficiencia, incapacidad y también por la corrupción. La corrupción es un fenómeno del cual nuestro país no ha estado al margen sino que ha penetrado en una amplia gama de instituciones. Con todo, sin partidos eficientes y sin un sistema de partidos estable, no hay democracia que funcione.

Los elementos de crisis a los cuales hemos hecho referencia previamente están igualmente presentes en nuestro entorno regional, incluso hemos debido asumir las consecuencias de una crisis migratoria, un tipo de fenómeno que hasta aquí no nos había afectado. Como consecuencia de estas tendencias, nuestras iniciativas de integración regional se han resentido. Siempre es más fácil promover iniciativas de este tipo en años de vacas gordas, en años de contracciones económicas ocurre lo contrario , aunque paradojalmente (y Europa es un ejemplo de ello ) en años de crisis es cuando la integración y la solidaridad son más necesarias. Hoy en día nuestros mecanismos de integración regional se pueden dividir en dos categorías, los que funcionan mal y los que no funcionan. La consecuencia es que la voz de América Latina como región pesa cada vez menos en los foros internacionales. Tampoco el problema se resuelva con retórica, que de eso también tenemos una sólida tradición, el problema es conciliar intereses sin perder de vista que de manera independiente de nuestras preferencias ideológicas, la economía sigue siendo global y por lo tanto solo podemos mejorar nuestra inserción internacional siendo parte de esa realidad global.

Chile, en su historia, nunca ha estado al margen de las tendencias globales y no pocas veces los eventos ocurridos en este Finis Terrae han tenido ecos en latitudes lejanas, como sostiene el historiador Joaquín Fermandois. A veces, este dato se nos olvida y a pesar de que somos usuarios frecuentes de internet y de redes sociales nos comportamos de una manera un tanto provinciana.

En los últimos años hemos vivido una o varias crisis (la contabilidad en este caso, puede variar). Parte de esta crisis no es tan diversa a lo que ocurre en otros lugares. En el limitado espacio de que dispongo intentaré resumir con el inherente riesgo de sobre-simplificar. De la crisis de Octubre del 19 podemos tener diversas lecturas, es normal, el pasado reciente siempre es un campo de disputa. Matices más o matices menos, para unos la crisis de Octubre fue producto de la acumulación de desigualdades y promesas incumplidas, finalmente, producto de una entidad difusa y oprobiosa denominada neo-liberalismo – No fueron $30 sino 30 años-. Para otros, el estallido social o revuelta (la terminología ha ido mutando con el tiempo) fue un subproducto de las tensiones propias de la modernización capitalista, en donde las personas adoptan nuevos valores, se generan nuevas demandas y por sobre todo nuevas expectativas que al no ser satisfechas generan reacciones violentas o anómicas. En este tipo de explicaciones operan los datos de reducción de la pobreza, aumento en los niveles educacionales, etc. En esta explicación el problema no sería el capitalismo, sino lo limitado de su alcance.

Quisiera hacer algunas breves observaciones sobre tres áreas como datos a considerar, no como una propuesta de explicación.

1. Movimientos y demandas sociales: Octubre representa una explosión de demandas sociales diversas y fragmentarias (no jerarquizadas ni necesariamente compartidas) Sobre este punto hay evidencia extensa de movilización social desde el 2006 con peaks entre el 2011 el 2012 y en 2106. Los movimientos estudiantiles fueron lo mas representativo de este tipo de movimientos, pero el catálogo de las movilizaciones es extenso. Dicho de otra manera, El llamado “estallido” no debió sorprendernos porque había datos, (por ejemplo, en los informes del PNUD entre otros), pero no los leímos adecuadamente. Cuando nunca miramos hacia afuera, no tiene mucho sentido decir no lo vimos venir.

2. Partidos y sistema político: La evidencia muestra también un progresivo distanciamiento entre grupos sociales y elites políticas (lo más evidente es su efecto en la caída de la participación electoral desde fines de los 80s y con un peak en 2012, con la introducción del voto voluntario) . Aquí hay un doble efecto: crisis de representación y crisis en la capacidad de los partidos de intermediar en la estructuración de demandas sociales. En resumen : desde hace ya mucho que tenemos una democracia con una salud precaria. Respecto de la cual se han usado diversos adjetivos (democracia semi-soberana, de baja intensidad y otros). Necesitamos ser más exigentes con nuestra actual clase política (toda), necesitamos que vuelvan a mirar la política como un problema de consensos sobre el interés colectivo con un horizonte de largo plazo, no sólo el de la próxima elección, cualquiera que esta sea y cualquiera sea su importancia.

3 Economía: A diferencia de la década de los 90s en que la economía creció a un promedio de casi 8% del PIB, los promedios en los años siguiente son bajos (entre 2014 y el 2017 entre 1,8 y 2,2% del PIB) es decir nuestra economía dejo de tener la capacidad para seguir resolviendo adecuadamente demandas sociales, aunque estas siguieron creciendo. Es necesario una revisión en serio de nuestro modelo de desarrollo, no solo por el tema de la distribución del ingreso, sino por una razón mucho más básica: si seguimos haciendo más de lo mismo, seguiremos con bajo crecimiento y sin crecimiento no se pueden generar políticas públicas de tipo redistributivo, ni destinar más recursos a educación ni aumentar el % de recursos destinados a investigación científica e innovación (i+d+i). No es necesario avanzar sobre al actual escenario económico, respecto del cual todos tenemos datos y percepciones. Un escenario con restricciones que afectará también los recursos de la Universidad. Tampoco es razonable avanzar sobre el debate constitucional en curso, que de momento se encuentra en un limbo, pero que por muchas buenas razones, requiere de una resolución rápida.

No me corresponde a mi sugerir cuales deberían ser las tareas de la Universidad en este escenario tan poco auspicioso que he descrito, pero realista porque como diría Serrat : nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio. Pero, si me permiten, hare una, muy básica y simple: La Universidad debe fortalecer su capacidad para tener más y mejor análisis sobre las tendencias de la sociedad (la nuestra y la global). Necesitamos más capacidad prospectiva, no para elaborar papers, sino como una necesidad sobre nuestros procesos decisorios y como un aporte a la sociedad y eso requiere resignificar el rol y el status de las ciencias sociales y de las humanidades en la Universidad. En un contexto distinto, debemos volver a pensar en una frase icónica de la Reforma de 1967-1968: La Universidad como Conciencia Crítica de la Sociedad, pero el término “conciencia crítica» connota y denota tal vez demasiadas cosas, quisiera proponer una versión alternativa que denota la distancia que tal vez nos ha faltado colectivamente en relación a los eventos de Octubre y sus desarrollos posteriores: La Universidad debe ser Conciencia Reflexiva de la Sociedad.

Autor/a

  • Director del Observatorio de Historia y Política y profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales de Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Doctor en Ciencias Políticas, mención en Historia, Universidad Johannes Gutenberg Mainz, Alemania.

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