Reflexiones sobre Afganistán y Estados Unidos a propósito de la Guerra de Wilson

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Escrito por Eduardo Araya Lëupin

En el año 2007, Mike Nichols dirigió una película titulada La Guerra de Charlie Wilson1. Basada en hechos reales, el film relata la historia del congresista Charles Wilson, un tipo más interesado en disfrutar de la vida que en los asuntos internacionales, pero que se involucra progresivamente en el tema de la invasión soviética en Afganistán (1978) y en el tema de los refugiados, usando su puesto en el Comité de Asignaciones Presupuestarias de la Cámara de Representantes para transferir fondos para diversas iniciativas más o menos encubiertas en apoyo de las guerrillas afganas que luchan contra la ocupación soviética. En esta tarea, Wilson recibe la colaboración de un veterano agente de la CIA de apellido Avrakotos y de una socialite bien dotada de patrimonio y redes. Los desvelos de Wilson resultan exitosos y finalmente los rusos se ven forzados a retirarse de Afganistán. Cuando en la Embajada de EEUU en Islamabad están descorchando espumante para celebrar la victoria, Avrakotos comenta a Wilson que no hay tantas razones para celebrar, pues advierte la muy probable instalación de un régimen controlado por los Talibanes y recurre a un antiguo cuento chino: El del muchacho a quien su familia le regala un potro y el Maestro de Tai-Chi del pueblo quien dice que «habrá que ver» lo que sucede después. El cuento es un tanto largo, pero en resumen, es la reflexión de que no se puede, ni debe ser ni tan optimista (ni tan pesimista) cuando solo se hacen evaluaciones de corto plazo sin tener la capacidad de saber o prever cómo evolucionarán los acontecimientos; lo que a simple vista aparece como negativo, puede tener efectos positivos en el futuro. El agente de la CIA le hace notar a Wilson por ejemplo, que los esfuerzos de USA nunca incluyeron la preocuparon por la educación de los niños afganos y en paralelo que las ideas de los que controlarán el poder en el futuro inmediato son profundamente antioccidentales. La película termina con una secuencia paradojal: Wilson no logra la aprobación en su Comité de una pequeña partida presupuestaria destinada a la educación en Afganistán.

Los eventos recientes en Afganistán y las reacciones ante la caída de Kabul permiten recordar esta historia y también reflexionar sobre los riesgos de hacer juicios sólo sobre lo inmediato sin pensarlos como una concatenación de eventos en el tiempo, es decir en la Historia.

Veamos los datos básicos: Los Talibanes impusieron su dominación tras la salida de los soviéticos (1989) que habían invadido Afganistán en el año 1979 ante la crisis del régimen de su aliado Nagibulah. Sabemos cuáles fueron las características de ese régimen. La administración Bush (Jr.) decidió invadir Afganistán como parte de la Guerra contra el Terrorismo (tras los atentados del 2001), por cuanto la dirigencia de Al Qaeda se encontraba allí, bajo protección del Talibán. Esa operación (Libertad Duradera) contó con el visto bueno de Rusia y el apoyo de los Tachikos de ambos lados de la frontera (Alianza del Norte) en contra de la etnia Paschtun, mayoritaria entre los Talibanes. Posteriormente, se involucró la OTAN. Hubo por tanto dos operaciones militares secuenciales; la segunda de ellas (Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad, ISAF) a cargo de la OTAN, fue establecida por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

En diciembre de 2014 Barack Obama dio por finalizada la misión de la ISAF-OTAN en Afganistán, lo que supuestamente puso fin a las operaciones militares. Paralelamente, la OTAN redefinió la continuidad de su misión (2015), limitándola a entrenar y asesorar a las fuerzas de seguridad afganas. Obama declaró que retiraría las tropas de USA para cuando dejara el cargo (2017), eso era parte de una estrategia global que incluía también la retirada desde Irak, pero ​en julio de 2016, Obama se vio obligado a aumentar el número de soldados estadounidenses en Afganistán por la persistencia de la violencia. En todo ese tiempo, el Gobierno de Kabul controló precariamente la ciudad y su entorno, pero buena parte del accidentado territorio del país seguía en manos de los Talibanes, quienes además financiaban sus milicias con el tráfico de drogas. Obama pudo sacar a las tropas norteamericanas de Irak, pero no de Afganistán.

En el 2018, el Presidente Trump, anunció que los EE. UU. seguirían implicados en la guerra, sin plazos para una retirada. Para esa fecha aún había 14.000 soldados estadounidenses y 2.000 de otros países. En julio de 2015, los talibanes habían iniciado contactos con el Gobierno afgano en Pakistán con el objetivo de llegar a un acuerdo de paz, pero no prosperaron. En Septiembre del 2020 se inició una nueva ronda de negociaciones en Doha (Qatar), hasta que en febrero último se llegó finalmente a un acuerdo que incluía la retirada de las fuerzas extranjeras. No tenemos muchos datos de los términos de esa negociación, salvo que el gobierno de Trump estaba interesado básicamente que los Talibanes no albergaran nuevamente a grupos terroristas como en el 2001 que pudiesen ser una amenaza para Estados Unidos, es decir, del lado norteamericano no hubo muchas exigencias.

El presidente Biden le dio continuidad a ese compromiso, paradojalmente no para dar continuidad a la errática política exterior de Trump sino a los objetivos de Obama. Pese a las dudas de muchos (dentro y fuera de Estados Unidos) sobre la conveniencia de esa decisión, anunció el retiro de las tropas estadounidenses a partir de mayo. Lo que ocurrió como consecuencia de esa decisión unilateral ya lo conocemos: Los Talibanes iniciaron una ofensiva que, contra todo pronóstico, provocó un rápido colapso de las fuerzas gubernamentales y en el lapso de unas semanas, terminaron por conquistar Kabul provocando el caos y la dramática situación que hemos visto en los noticiarios de TV.

Mas allá del problema humanitario, lo acontecido en Afganistán permite hacer algunas reflexiones respecto del rol de Estados Unidos en el Sistema Internacional. Para la generación que fue testigo de la Guerra de Vietnam, el paralelo entre las imágenes de Kabul con el caótico retiro de las fuerzas norteamericanas de Saigón en 1975 es evidente. En Vietnam, Estados Unidos se había involucrado en un conflicto en el que objetivos políticos y militares nunca estuvieron muy claros ni coordinados entre si2. No fue la primera derrota de EEUU en el contexto de la Guerra Fría, pero fue la más resonante. El conflicto comenzó a escalar bajo la presidencia de Kennedy y continuo escalando bajo Johnson, cuando llegó a haber más de medio millón de tropas norteamericanas en Vietnam. Hay una extensa filmografía que da cuenta del sin sentido de esa guerra para la propia sociedad norteamericana3. Nixon ganó la presidencia en 1969 expresando la voluntad de sacar a USA de una guerra ya impopular, pero “salir dignamente” implicó una dura negociación que se prolongó hasta 1973 y que supuso “vietnamizar“ la Guerra , es decir, asumir (de manera ficticia) que el problema era sólo entre vietnamitas. El desenlace en esa oportunidad tardó dos años. Saigón cayó en manos del Ejército de Vietnam del Norte en abril de 1975.

Paradojalmente, la última Guerra que Estados Unidos ganó, fue la segunda Guerra del Golfo (1991) contra el régimen de Sadam Hussein cuando este intentó anexionarse Kuwait. Estados Unidos obtuvo la anuencia del Consejo de Seguridad de la ONU, lo que legitimó la Guerra desde el punto de vista del derecho internacional (el objetivo era restaurar la soberanía de un estado miembro de la ONU), lideró una coalición internacional que incluyó a buena parte de los países árabes, definió objetivos políticos limitados (restaurar la soberanía de Kuwait y destruir la capacidad militar de Irak, para que esta dejara de ser una amenaza respecto de sus vecinos), sin intentar derribar al régimen de Sadam por el riesgo a la estabilidad regional que supondría desarticular la estructura estatal de Irak. Parafraseando la frase de Cesar, fueron, vieron, vencieron y regresaron a casa (febrero, 1991). La administración Bush (padre) tuvo objetivos políticos y militares limitados que se mantuvieron y eso aseguró el éxito de la Coalición (que estuvo constituida nominalmente por 34 países). Hace un par de siglos atrás, Von Klausewitz escribió una frase que mantiene su vigencia: “La Guerra es la continuación de la política por otros medios”, lo que Klausewitz deseaba explicar es que la Guerra supone siempre en última instancia objetivos políticos (la pregunta acerca de que hacer con el poder), que la victoria militar es para algo y no un fin en sí y que por tanto los objetivos militares deben estar supeditados a los objetivos políticos, pero esa relación de subordinación a veces se pierde de vista o se trastoca.

Los objetivos iniciales de la intervención de Estados Unidos en Afganistán fueron capturar y/o expulsar de allí a la cúpula de Al Qaeda, pero ese objetivo estaba mediado por la derrota de los Talibán, que habían resistido (con apoyo internacional y por cierto, el apoyo de USA) a la ocupación soviética por cerca de diez años. Este objetivo se logró, sin embargo, el objetivo subsecuente, lograr la estabilización de Afganistán, un país fragmentado, con una geografía compleja y una sociedad con profundas divisiones etnolingüísticas tribales nunca se logró. Esa tarea requería más poder blando que poder duro, más cooperación para el desarrollo que capacidad militar. La base étnica del Talibán, los Pashtunes, es también una etnia que se extiende al vecino Pakistán. La derrota de los Talibán hubiese requerido la absoluta cooperación del Gobierno pakistaní, formalmente aliado de Washington pero que en relación al Talibán siempre mantuvo posiciones más que ambiguas. Los Talibanes, mientras duró el conflicto y al igual que lo habían hecho en tiempos de la ocupación soviética, se pudieron desplazar con relativa facilidad a través de la frontera y de la misma manera resolver el tema de recursos financieros y materiales para continuar la Guerra. Paralelamente las Madrasas, las escuelas Islámicas a ambos lados de la frontera seguían siendo centros de reclutamiento para el Talibán, mientras los esfuerzos occidentales se concentraban en fortalecer gobiernos débiles y corruptos en Kabul.

En los últimos años, el supuesto de la intervención era fortalecer la capacidad militar y policial de las fuerzas del Gobierno Afgano para combatir al Talibán. La evidencia muestra que ese esfuerzo fracasó estrepitosamente. En un conflicto armado, la voluntad de lucha suele ser más importante que los recursos militares, pero no es una cuestión de valor personal, sino de motivos socialmente compartidos por las cuales seguir luchando. Las fuerzas del Gobierno afgano evidentemente no la tenían y las razones son políticas y culturales. Los norteamericanos sabían que sostenían a una dictadura corrupta e ineficiente en Vietnam del Sur y a pesar de ello mantuvieron su apoyo porque de lo contrario, todas las justificaciones para intervenir en Asia Sudoriental perdían sentido. El caso de Afganistán en este punto parece ser muy similar.

El triunfo político-militar del Talibán genera inevitablemente la imagen (como el tango), que 20 años no es nada y que ese descomunal esfuerzo militar y financiero fue absolutamente inútil, sin embargo, como en el cuento del Maestro de Tai-Chi , “habrá que ver”, porque en estos 20 años la sociedad afgana cambió y la pregunta es si los Talibanes también cambiaron, tópico sobre el cual hay al menos dudas razonables, pero ese tema es una noticia en desarrollo. En cambio, si podemos constatar algunos efectos más inmediatos de este proceso en el escenario internacional .

En primer lugar, es evidente que no solo el prestigio de USA, sino también el de la OTAN recibió un duro golpe que pone en evidencia por sobre todo el declive de su influencia en el Medio Oriente. El primer síntoma de esa tendencia fueron las complicaciones del Gobierno de Obama para intervenir de una manera efectiva en el conflicto de Siria y que también involucró a su aliado más fiel: Inglaterra. En segundo lugar, que la sola disuasión militar de una superpotencia es cada vez menos efectiva como instrumento para lograr objetivos políticos, como por ejemplo la estabilización de un país o una región. Por lo mismo, los aliados de Estados Unidos tendrán de ahora en adelante más dificultades para vincular su propia seguridad a las garantías de Washington, tema particularmente sensible en Israel, pero también para la Unión Europea, aunque por razones diversas.

Cuando se produce un vacío de poder, alguien lo llena o al menos intenta llenarlo. Rusia ya no tiene fronteras con Afganistán, pero mantiene su influencia en Tachikistán desde donde se iniciaron las operaciones contra el Talibán en 2001, pero claro, las relaciones entre Rusia y Occidente se han deteriorado mucho en relación a lo que eran hace veinte años atrás. En paralelo, ha aumentado su influencia en la región a través de su rol en los conflictos de Siria (desde 2015) y el acercamiento con el régimen de Erdogán en Turquía. Irán siempre ha tenido relaciones ambivalentes con el Talibán, ha resentido la persecución contra los chiitas en Afganistán, pero en materia de política internacional los iraníes son pragmáticos y conocen bien el intrincado ajedrez de los intereses locales en el Medio Oriente. En Israel deben estar considerando que la salida de USA de Afganistán será leída en Irán como otra oportunidad para ampliar su influencia en el Medio Oriente y fortalecer a sus operadores político-militares en Siria, El Líbano e Irak. Por consiguiente, es posible que esto se traduzca en más cooperación con los Emiratos sunies del Golfo, tendencia que ya se había iniciado con la intermediación del gobierno de Trump. Otro problema, es la amenaza del terrorismo con el resurgimiento de Al Qaeda o de células del Estado Islámico (ISI), que si bien fue territorialmente derrotado en Siria, se mantiene vigente en sus filiales en el norte de Africa (Al Shabab o Boko Haram, por ejemplo). De hecho, los recientes atentados terroristas en Kabul fueron reivindicados por el ISI, lo cual refuerza este temor.

En Europa el problema es de una naturaleza un tanto distinta. El problema es si la OTAN y por consiguiente Estados Unidos son aún suficientes para garantizar su propia seguridad. El compromiso de Estados Unidos con la seguridad de Europa a través de la OTAN, que fue piedra angular de la política exterior en ambos lados del Atlántico durante toda la Guerra Fría, se debilitó considerablemente bajo la administración Trump. La mayoría de los países europeos, hasta allí renuentes a gastar más en seguridad y defensa, descubrieron que ya no podían seguir confiando en que su seguridad y sus intereses en el mundo tenían un seguro norteamericano. La Política Europea de Seguridad Común (PESC) mostró que era más frágil de lo que a los líderes europeos les gustaba pensar, lo cual los obligaba a dos decisiones incómodas: más consenso interno y más gasto militar. El triunfo de Biden pareció un regreso a la normalidad: El nuevo Presidente norteamericano se esforzó en recomponer las maltrechas relaciones transatlánticas, pero sus decisiones respecto de Afganistán le mostraron a los europeos que en la agenda de Biden pesa mucho más la política interna que los compromisos internacionales o los dramas humanitarios. Afganistán también ha sido otra muestra (mas) de la debilidad de la Unión Europea para influir de manera significativa en la agenda internacional.

Con todo, respecto de Afganistán, como en la frase del Maestro de Tai Chi del cuento, “habrá que ver…“, porque el principal pretexto de los Talibán para perseverar en su guerra ya no existe. Ya no hay fuerzas militares de infieles en Afganistán y ahora ellos deberán administrar un país con una economía proverbialmente pobre y desbastada que requiere de acceso a mercados internacionales y cooperación internacional. Con alguien deberán negociar. Tampoco deja de ser paradojal en este proceso que quienes en el pasado reclamaron por el neo-imperialismo de la intervención militar de Occidente en el Medio Oriente, ahora demanden la permanencia de esas fuerzas para resolver un problema humanitario. Respecto del tema interno relativo a los derechos de las personas y en particular de las mujeres, es posible que haya un poco más de moderación, porque la sociedad afgana también ha tenido algún grado de modernización (por ejemplo, acceso a redes y telefonía celular), aunque en algunas materias que afectan directamente a las mujeres los cambios han sido marginales. Según una investigación de la UNICEF, con posterioridad al 2001, la principal razón del analfabetismo entre las mujeres jóvenes en Afganistán no era tanto la violencia sino la pobreza y la falta de infraestructura (escuelas), particularmente en zonas rurales. Por consiguiente, es posible que finalmente en la decisión del Presidente Biden también haya al menos algún efecto colateral positivo, porque la ausencia de guerra suele ser mejor que su persistencia. «…Habrá que ver…».


[1] Charlie Wilson’s War (2007), dirigida por Mike Nichols. Protagonizada por Tom HanksJulia Roberts y Philip Seymour Hoffman en los roles  principales.

[2] En el contexto de la Guerra Fría,  la Doctrina Truman (1947) suponía que USA debía mantener el rol de policía internacional e intervenir en todos aquellos lugares en donde “minorías armadas “ amenazaran “la libertad y la democracia “ (un eufemismo). Esta orientación llevó a los gobiernos de Eisenhower y Kennedy a involucrarse en Asia Sudoriental. Kennedy asumió que el tema no solo era “contener el avance del comunismo” sino también democratizar Viet Nam del Sur, una sociedad distante de todos los valores y estructuras que en Occidente han posibilitado el desarrollo de la democracia. Jhonson asumió que el problema era solo lo segundo, nunca estuvo muy claro porque eso debía hacerse en Viet Nam. Esa administración asumió la guerra como una guerra de desgaste: Si morían más soldados o guerrilleros de Viet  Nam del Norte   que soldados norteamericanos se podía ganar la guerra, pero esto derivó a la certeza de que era una guerra que no se podía ganar con fuerzas convencionales  y que por consiguiente había que lograr la manera de salir de una manera no tan deshonrosa

[3] Entre otros: El Francotirador de Michael Cimino (1979) , Apocalipsis Ahora de  Francis F. Coppola (1979), Full Metal Jacket (Nacido para Matar) de Stanley Kubrick (1987) y Pelotón de Oliver Stone (1986)

Autor/a

  • Director del Observatorio de Historia y Política y profesor del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Profesor de Historia, Geografía y Ciencias Sociales de Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Doctor en Ciencias Políticas, mención en Historia, Universidad Johannes Gutenberg Mainz, Alemania.

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