El ensayo de Galileo

Cuando Galileo Galilei (1564-1642) se presentó ante el tribunal de la Inquisición en Roma el 22 de junio de 1633 para escuchar la lectura de su sentencia, tenía casi setenta años y había comenzado a perder la vista. Este era el acto final de una larga disputa iniciada con la publicación de El mensajero de las estrellas (1610) en el cual había demostrado, gracias a sus observaciones telescópicas, que los cuerpos celestes no eran perfectos como entonces por lo general se creía. Luego de la censura de las ideas copernicanas por parte del Santo Oficio en 1616, su poco disimulada defensa del heliocentrismo en Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo de 1632 no tardó en indignar a los adversarios romanos de Galileo. Diez años antes el científico había publicado El ensayador, obra en la que discutía la teoría de los cometas de Lotario Sarsi, pseudónimo del jesuita Orazio Grassi (1583-1654). Grassi -quien también fue consultor arquitectónico de la orden y colaboró en la construcción de la iglesia de San Ignacio en Roma- afirmaba que los cometas eran cuerpos celestes. Galileo señalaba, por el contrario, que se trataba de fenómenos ópticos. Grassi había titulado su escrito Libra astronómica y filosófica (1619) pues «el cometa, al nacer y aparecer en el signo de Libra, quería como mostrarle de manera misteriosa que él debía librar un justo lance, y ponderar las cosas […]» (Galileo Galilei, El ensayador, traducción de José Manuel Revuelta, Madrid, 1984, p.40). Siguiendo la metáfora, Galileo estimaba que Sarsi (o Grassi) había ponderado las cosas toscamente con una balanza romana, mientras él se proponía utilizar una balanza de orfebres, «que son tan precisas que pueden pesar hasta un sexagésimo de grano, y usando de ella con todo el esmero posible, sin pasar por alto ninguna de las proposiciones por él presentadas, hacer de todas su ensayo; las iré enumerando para distinguirlas y anotarlas, de modo que si acaso Sarsi las leyese y le vinieran ganas de responder, pueda hacerlo más fácilmente, sin dejar atrás cosa alguna» (p. 40). La figura del ensayador que examina y manipula los metales para probar su calidad no solo le permitía a Galileo revelar lo rudimentario del razonamiento de Grassi, sino también proclamar su idea del quehacer científico. Así como el ensayador busca la precisión tanteando y separando, Galileo distingue y analiza cada una de las pruebas presentadas por su adversario haciendo de dicho método expresión de su pensamiento. Aunque la concepción del cometa sea en apariencia el centro de la disputa, el camino para llegar a ella es, en realidad, el cuerpo de la controversia. La celebración del ensayo es la valoración de la estimación como proceso intelectual y como forma de vida:

«Durante todo el tiempo que el cometa fue visible, yo me hallaba enfermo y en cama, donde, siendo visitado frecuentemente por mis amigos, aconteció el tratar varias veces sobre los cometas, momentos en los que yo expuse algunos de mis pensamientos, que llenaban de dudas las teorías expuestas hasta el momento.» (p.49)

Es justamente este sentido cotidiano de la reflexión de Galileo uno de los aspectos que saltan a la vista a un lector contemporáneo acostumbrado a un tipo de escritura científica, en principio, desapasionada. Mirada con la distancia del tiempo, la historia de la ciencia muchas veces es concebida a partir de simplificaciones que consideran el conocimiento como el avance progresivo de una serie de invenciones y descubrimientos. La lectura de la obra de Galileo muestra el carácter complejo de la labor científica, situando las ideas en un escenario humano. Probablemente como consecuencia de ese mismo prejuicio, se suele desestimar la importancia y el valor intelectual de los errores. No se trata, como a veces se piensa con indiferencia y complacencia modernas, de respuestas ingenuas e incompletas, sino de planteamientos sutiles e incluso difícilmente objetables. Lo sugestivo de la concepción de Galileo no es tanto -o no solo- la respuesta final o el resultado, sino la intrincada elaboración de una idea como aventura cotidiana. El propio Ensayador es un buen ejemplo de esto pues el científico pisano estaba equivocado acerca de los cometas. Al cerrar su escrito invitaba a los lectores a participar de este debate:

«[…] dejo libertad a quienes atentamente hayan sopesado las razones y las experiencias de una y otra parte, para que emitan su juicio acerca de la solidez de nuestra doctrina; esperando que mi causa sea favorecida, al menos por el hecho de haber ido examinando punto por punto […].» (p. 342)

 A través de este episodio de la obra y de la vida de Galileo, se aprecia que toda cuestión científica crucial permanece siempre abierta.

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