Violencia y Política, la experiencia de la antigua Grecia

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Escrito por Paulo Donoso Johnson

Uno de los fenómenos más complejos de analizar en la historia política de Occidente es la violencia, sus causas, protagonistas y consecuencias.

Para indagar sobre este asunto es necesario retroceder unos 2600 años. En la antigua Atenas, las poleis o ciudad-estado, se concretaban luego de un lento proceso agrupación de familias en torno a un templo (sinecismo). Según Aristóteles, con el devenir de las ciudades, surgieron diferentes regímenes políticos, los cuales con mayor o menor éxito, intentaron mantener el equilibrio de la balanza política en base a tres grandes pilares: la justicia (Themis), el acceso al poder (krátos) y la riqueza (chrémata).

Fruto de la expansión de los griegos por el mar Mediterráneo, en época arcaica, pudieron transmitir los valores de la vida de la pólis desde las Columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar) hasta el río Fasis, que desemboca en la actual costa georgiana, en el Mar Negro.

El surgimiento de la moneda y el desarrollo de las póleis gracias al comercio marítimo trajo prosperidad, pero el derecho seguía siendo consuetudinario y los reyes oficiaban como magistrados en los procesos judiciales. Esto último llevó a Hesíodo a describir a estos reyes como “devoradores de regalos” que dictaban “sentencias torcidas”. Mucha violencia surgió a partir de estos problemas, que fueron medianamente resueltos por Solón, el anciano poeta y legislador ateniense, que hizo escribir las leyes y publicarlas en “axones”, un avanzado sistema de postes con ruedas giratorias en donde se exhibían las leyes escritas para que todos pudieran conocerlas. Los poetas de esta época ocuparon con frecuencia artilugios retóricos para referirse a las crisis violentas en las ciudades, como la “nave del estado” que zozobra en el mar, alegorías con animales, entre otros.

El proceso de expansión mediterránea también le atrajo a los griegos numerosas enemistades con pueblos extranjeros, los llamados bárbaros. Así, la guerra (pólemos) apareció tempranamente y se robusteció la rivalidad entre griegos y bárbaros. Con el Imperio Persa como enemigo común, los soldados (hoplitas) guerreaban contra un “otro” considerado incivilizado e inferior. Las batallas de Maratón y Salamina, lograron efectos impensados, como por ejemplo que las poleis griegas, celosas cada una de su autonomía, enfrentaran en conjunto al poderoso enemigo. No obstante, narra Heródoto, la guerra traía consigo una terrible contradicción vital, “que los padres sepultasen a sus hijos”.

Cuando la amenaza externa se disipó, las ciudades no pudieron mantener la paz. Aristóteles señala que el engranaje del estado espartano sólo funcionaba en estado de guerra permanente. Así muchas póleis se ensagrentaron en violentas revueltas internas y guerras civiles (stásis) que se transformaron en muchos casos, en parte del paisaje. Diversos textos y epígrafes dan cuenta de cómo las ciudades debían hacer frente a estos episodios de rebelión permanente, casi de carácter endémico.

Atenas, centro y faro de la vida civilizada mediterránea, unos pocos años antes de las guerras contra los persas, había instaurado un sistema democrático de gobierno. La épica democrática permitió a los remeros de las poderosas trirremes de Temístocles, mover las naves con músculos de ciudadanos libres, a diferencia de las naves de los contendientes, que eran esclavos y súbditos. El triunfo sobre los persas insufló de heroísmo a Atenas y la palabra libertad (eleuthería) no sólo reivindicó el fin de la amenaza persa, sino que se transformó en el concepto clave de la democracia. Pericles de Jantipo, arconte y líder democrático ateniense dijo en su célebre epitafio fúnebre que “la ciudad entera era una escuela para Grecia” pues la igualdad ante la ley y la libertad generaban las confianzas para una vida política duradera y permitían a los ciudadanos ocuparse de sus asuntos públicos y privados con rectitud.

Atenas, pese a su éxito en los asuntos externos, debió lidiar permanentemente con sus asuntos internos. El pueblo (demos) decidía de manera soberana a través de la asamblea (ekklesía) los asuntos del gobierno, defensa, justicia y economía. Los tratados internacionales, la declaración de guerra y de paz pasaban por las manos de la asamblea popular. Así, la democracia ateniense, vivió etapas  de radicalización y moderación y los historiadores nos recuerdan los nombres de sus líderes: Cimón, Efialtes, Pericles, Cleón, Nicias, Alcibíades.  Los dos primeros sortearon crisis internas y revueltas, que le costó la vida al segundo, y la guerra del Peloponeso, que debió iniciar Pericles a regañadientes contra Esparta y sus aliados, fue el escenario de buenas y malas decisiones estratégicas y políticas, involucrando a todos los líderes sucesivos. La guerra, dice Tucídides, se había transformado en una “maestra de violencia” en donde el miedo, el honor, la ambición y finalmente la inmutable y sórdida naturaleza humana motivaban las peores acciones entre ciudadanos.

La insigne historiadora francesa Jacqueline de Romilly, en un libro titulado “La Grecia Antigua contra la violencia”, se preguntó si los griegos fueron un pueblo en guerra permanente y en discordia. Su respuesta es que sí, y convivieron con varios tipos de violencias, en el plano divino y cotidiano. Sin embargo se opusieron permanentemente a ella, la detestaban y tanto la tragedia, el arte y la literatura, protestaban contra la violencia, usando las palabras “más bellas que las armas” para combatirla.

A modo de cierre, es necesario preguntarse si los grandes cambios políticos de la antigua Grecia fueron consecuencia de la violencia. A mi parecer no. Los griegos nunca le temieron al conflicto, el concepto agón o espíritu de competencia estaba en su ADN. No obstante el crimen, la traición, la subversión y el pillaje con motivaciones políticas fueron socialmente rechazadas por la literatura y consideradas como acciones de desmesura humana (hybris). Primaron siempre los ruidosos debates en el ágora, las acaloradas negociaciones en los banquetes (simposio) y la enseñanza de los filósofos, como el viejo Heráclito quien sentenció “Conviene saber que la guerra es común [a todas las cosas] y que la justicia es discordia y que todas las cosas sobrevienen por la discordia y la necesidad”.

Autor/a

  • Profesor Auxiliar del Instituto de Historia de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso. Licenciado en Historia, PUCV, Chile (2007), Magíster en Estudios Clásicos, con mención en cultura grecorromana, UMCE, Chile (2011), Doctor en Historia, Orientalística e Historia del Arte, Università di Pisa, Italia (2015).

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